«Todos los colores»: un «coming of age» sin pelos en la lengua.

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La primera película de Bea de Silva es una propuesta valiente y con cero atisbos de timidez.

Para quien no tenga en el radar a su directora, una breve biografía: Bea de Silva empezó a dirigir nada más terminar sus estudios con «Tula» que llegó, ni más ni menos, a estar preseleccionada a los Óscar como mejor cortometraje. Con un humor crudo, sacaba los colores a la escasa educación sexual que hay en los colegios. Después de ese petardazo, vino su segundo corto («Hadas»). Con un humor más sarcástico, exploraba la fantasía y metía en un salón a una adolescente con sus otras «yo» del futuro (ella con veinte, con treinta, cuarenta… ya me entendéis). Por si fuera poco, también es la directora de «Lyuba, mañana», un documental que sigue a una refugiada ucraniana tras estallar la guerra.

Vaya, que Bea de Silva es una directora con un deseo de búsqueda constante y su variedad de estilos, lejos de parecer una crisis de identidad, denota en ella un interés por el otro y una curiosidad sana hacia lo que le rodea. «Todos los colores» bebe de las creaciones anteriormente mencionadas y se presenta como una ópera prima descarada y cañera. Destaco esto porque es de humanos mostrarse tímidos ante un primer proyecto de semejante envergadura. Por ello, cómo mola cuando alguien se lanza a la piscina con las ideas claras. Porque para gustos los colores (nunca mejor dicho) pero es indiscutible la tremenda personalidad de la cinta. Y eso es más difícil de lo que parece.

Beatriz de Silva pone la mirada en Belén, una adolescente a punto de terminar el colegio y que sufre una discapacidad que le obliga a ir en silla de ruedas. Volcánica y rebelde, es castigada a participar en un club de atletismo y, a partir de ahí… (ya os enteraréis cuando la veáis jejeje). Una tendencia muy común hubiese sido un regodeo en su drama («pobrecita, mírala cómo se esfuerza…»). No obstante, «Todos los colores» respeta a su protagonista y prefiere centrarse en los clásicos jaleos de todo adolescente. El despertar sexual, los difíciles vínculos paternales o el pánico de no saber qué camino tomar en el futuro. A lo largo de la película, un punto de inocencia se mantiene en el ambiente, riguroso a esas edades (hasta el punto de que ciertos personajes te pueden caer mal pero quién no se odiaría esas edades, bribones).

Las actrices cumplen con unas interpretaciones más difíciles de lo que pueden parecer. Hay imágenes que hablan por sí solas y líneas con precisión de cirujano.

La clave de «Todos los colores» es que mientras pasan todas estas cosas, se pone encima de la mesa los inconvenientes de su discapacidad. Y ahí es donde reside el acierto del guion. La cámara mira a Belén como persona y no por su condición física. Hace unas semanas escuché un podcast que decía «las personas sordas no tendrían discapacidad si todos habláramos lengua de signos». Pues un poco pasa lo mismo aquí.

En resumen, un «coming of age» sin tapujos. No romantiza la realidad sino que la retrata tal y como es. Con algunas películas desconectas o con otras te asustas pero con «Todos los colores» aprendes. Riéndote y emocionándote. Pero, sobre todo, aprendes. Y es motivo de aplauso cuando una peli te agranda la mirada. Es una historia que mira hacia fuera todo el rato y no se pierde en laberintos mentales. «Todos los colores» te puede ayudar a ser más amable o atento con los demás. Pero, sobre todo, da voz a los que viven en la eterna ignorancia. Y no es justo.

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