Pawlikowski se confía al replicar su estilo pero descuida un guion tímido y aburrido.
Voy a ser honesto: El director polaco es uno de mis autores favoritos de la actualidad. Sus dos primeras hijas («Ida» y «Cold war») son películas que veré una y otra vez hasta el fin de mis días. Son asombrosas y sostienen una belleza humana y estética apabullante. Por ello, mi hype por «Fatherland» estaba fundamentado. Y sabiendo de lo que es capaz su director, creo que es bueno ser exigente con su trabajo. ¡Ojo! Para gustos los colores y, en caso de ser un «plof», es humano trastabillarse en el camino. Igualmente, siempre seguiré admirando su trabajo y esperaré con ilusión cada oportunidad de ver su trabajo.

Matizo todo esto porque reconozco no ser un experto (más bien un pobre inculto) en la materia de «Fatherland». Sé entre poco y nada de su protagonista Thomas Mann y probablemente nunca llegué a ser consciente del peso de las escenas (me estoy metiendo un disparo en el pie, ahora que lo pienso). Siempre defiendo que las películas hay que valorarlas en su contexto y juzgar un trabajo a ciegas es un poco sesgado. No obstante, «Ida» y «Cold war» eran sesudas y, aún así, consiguieron transmitirnos muchísimas sensaciones. «Fatherland» se acerca más al documental que a emocionarnos dada su rigurosidad y su falta de chispa.
Un homenaje a «Fresas salvajes» pero falto de nostalgia.
Personalmente, encontré el guion vago y aburrido por su distancia. Personajes faltos de química (asegurar que Sandra Hüller está insípida es difícil de creer) y una tensión inexistente (el hijo de Thomas es seguramente el que más atención puede captar). Pawlikowski se ha consagrado como un maestro de la humanidad en contextos frágiles y apabullantes pero da la sensación de que aquí quiso hacer algo distinto. ¿Cauto? ¿Prudencia o respeto? ¿Una postura más informativa? «Fatherland» es su homenaje a «Fresas salvajes» de Bergman sin esa fuerza nostálgica.
Mentiría entonces si dijera que no me sorprende su galardón en Cannes a «Mejor director». Su puesta en escena es un «copia-pega» de sus anteriores trabajos y, aún así, es incapaz de acercarnos a los sentimientos íntimos de los protagonistas (tan sólo el primer plano fijo y extendido con el hijo Klaus sentado en el suelo mientras un amante, que apenas habla, se marcha con indiferencia)
Me hubiera encantado llenarme la boca de elogios (no hay nada más gratificante que corroborar el estatus de tus ídolos) pero no es el caso. Y no pasa nada, tampoco. Es sano cambiar de opinión o no ser intransigente. Además, podemos ver «Ida» todas las veces que queramos.



